Creíamos que los capítulos de la tragicomedia, el sainete y el esperpento ya se habían agotado en la ribera del Manzanares. Pero por Navidad, no sólo el turrón vuelve a casa, sino también el esperpento a su hogar, que en los últimos 24 años –y todavía más en la década precedente- es el Club Atlético de Madrid.
Una entidad otrora grande, ilustre, respetada, temida y prestigiosa que se ha erigido en todo un hazmerreír en Madrid, España, Europa, el mundo y el universo. De ello se han encargado, mediante una labor ‘magistral’, Miguel Ángel Gil Marín y Enrique Cerezo, que siguen arrastrando por los suelos la identidad de uno de los clubes deportivos más importantes de nuestro país y del ‘viejo continente’, antes por presente y futuro y ahora sólo por el brillo del pasado.
Fundamentalmente porque los propietarios del Atlético han conseguido eliminar el lustre que caracterizaba a los rojiblancos. Han convertido el club en una zafia copia de sí mismo, irreconocible en todos los sentidos para los aficionados más veteranos, cuya memoria aún no ha sido abducida por el Gilismo.
En apenas un cuarto de siglo, el peor de la historia colchonera, el Atlético ha ido perdiendo ‘gas’ y prestigio de forma progresiva gracias a la pésima gestión de sus dirigentes, una marcha endiablada hacia atrás que se ha agudizado en el último año y medio, curiosamente desde la conquista de la Europa League y la Supercopa de Europa.
Si antes se hacían las cosas mal, en este periodo han ido a peor. Todas las ‘barrabasadas’ que antes se acometían con cierto cuidado, ahora se desarrollan con el mayor de los descaros y sin tapujos. Ya no se encubre nada. Gil Marín y Cerezo se han dado cuenta de que la mayoría de la afición está ‘aborregada’, adormecida por el ‘mal del Gilismo’, que consiste en celebrar séptimos puestos y olvidar el espíritu crítico para convertirse en un mero ‘cheerleader’ en el estadio Vicente Calderón. Y lo están aprovechando.
De ahí que el Atleti haya ido a peor. A mucho peor. La ruinosa operación de traslado a La Peineta, el desmantelamiento de una plantilla campeona –en un año y tres meses se han marchado Jurado, Simao, De Gea, Kun Agüero y Forlán, a los que podría sumarse Reyes si finalmente se concreta su traspaso-, la nula relación entre el consejero delegado y el presidente, la compra-venta de jugadores por encima del proyecto deportivo o la surrealista contratación de Manzano –era la opción C-, situaciones sonrojantes para gran parte de los aficionados colchoneros, no han sido suficientes para los dueños del club.
El esperpento continúa al ratificar a Manzano poniendo fecha a su destitución, con tres partidos de por medio; ‘atar’ a su sustituto y que se filtre a la prensa sin que el aún técnico maneje ninguna información oficial al respecto, dejando al jienense a los ‘pies de los caballos’ y totalmente desprotegido. No voy a defender aquí el trabajo de Gregorio Manzano. Se ha equivocado, y mucho, no sólo en lo deportivo, sino también al atacar a los medios de comunicación ante la situación por la que atraviesa. Le ha faltado dignidad para coger el ‘petate’ y dimitir. El dinero no lo es todo, Goyo.
Pero nadie debe obviar ni olvidar quiénes son los ejecutores y máximos culpables de este ‘sainete’. Uno más de la saga Gil, que mantiene al club a la deriva y cual Titanic, a punto de chocar con un iceberg de dimensiones gigantescas, sin que a los dueños le importen un bledo las posibles consecuencias fatales.
¿Es acertado el cese de Manzano? ¿Es Simeone el hombre adecuado para sacar al Atlético de Madrid de este atolladero? Son preguntas absurdas. Sobre todo porque el problema del club rojiblanco no reside en el césped ni en el banquillo; es un problema estructural, cuya raíz está en la cúspide de la pirámide. Por eso, no existe solución recomendable más allá de la marcha de unos personajes que llevan 24 años tratando de acabar con la vida del Atleti con el único fin de enriquecerse.